lunes 12 de marzo de 2012

Los años pasan tan de prisa

Creo que llegué a casa dormido y mamá me cargaba como podía. Me pareció que le costaba levantarme. O arrastrarme. Sentí que como pudo me arrojó en la cama.

Me dolían un poco la panza y la cabeza, pero me reconfortó hundirme en mi colchón, sentir la suavidad de mis frazadas, lo esponjoso de mi almohada. Ese olor a hogar y a ropa limpia que todo tenía.

Con mis manos acaricié el cobertor y suspiré de felicidad.

De pronto sentí que mamá tironeaba de mis pies para quitarme las zapatillas. Hacía fuerza, le costaba sacarlas.

Me gustó tener los ojos cerrados e imaginarla luchando contra los cordones, contra mis medias que se enganchaban en vaya a saber qué.

Luego escuché el estruendo que hicieron mis zapatillas al golpear contra el suelo del cuarto. Sonreí. El suelo estaba ahí. Ese era mi cuarto. Ese era mi hogar. Era mi felicidad. Mamá estaba allí para cuidarme y ya nada malo podría sucederme.

De inmediato, comencé a sentir que me desabrochaba el pantalón y que intentaba quitármelo. Para colaborar un poco, despegué mis nalgas y sentí como pasaban las costuras raspando un poco mi piel, enganchándose en mi calzoncillo. Por suerte, mamá estaba ahí para soltarlas, para que no me rasparan.

Se ve que estaba apurada, porque no escuché que doblara el pantalón y lo guardaba en mi cajonera de Batman. Sino que sentí que lo arrojaba al piso. Y fue otra vez comprobar que el piso estaba ahí. Que el cuarto estaba ahí. Y que yo estaba en mi cuarto con mamá.

Por último sentí que mamá levantaba la sábana y las frazadas, y que como podía me metía adentro y me tapaba.

Las sábanas estaban frías pero eso era lindo. Era estar en casa. Por fin descansar.

Suspiré y sentí amor. Un regocijo en el pecho. Ganas de sonreír.

- Gracias mamá.

Le dije sin abrir los ojos.

- ¡Qué mamá, borracho inmundo, soy tu mujer!

Abrí los ojos asustado y la vi a Lorena, que con cara de enojada agregaba:

- ¡No te dejo tomar nuca más! ¡Inmaduro!

lunes 26 de diciembre de 2011

Hiroshima y Nagasaki

video

Te ves tan enterita, tan Osho.

Tan poster zen detrás de esa actitud psicológica.

Es que compraste una armadura de barnís y te metiste adentro.

Pero yo te conozco, y ese fueguito que te brota del pecho, corazón

Ese que yo conozco tanto, muñequita pastillera

No se va a quedar quietito

No lo vas a apagar con agua de farmacias ni con sahumerios budistas: Vas a empezar a quemar si te toco.

Por eso me quedo lejos.

Por eso hago que te creo eso de estar sanos y limpios

(Para no romper el barnís)

Por eso me invento una geta y digo no te extraño.

Por eso no somos sinceros.

Por eso no mostramos la carne.
Es que si somos sinceros, volvemos a explotar. Tan orientales

Pero tan Hiroshima y Nagasaki.

miércoles 31 de agosto de 2011

Un suceso bochornoso (Cuento)

El tano llegó al kiosco y los pibes estaban ahí. Lo consoló comprobar que estaban.

- Que cara, tano ¿Qué te pasó? ¿Descubriste que el Tuta se coje a tu vieja?

Tuta se rió pero no dijo nada.

- No me jodas, negro. Que no estoy de humor.

- Pero ¿Qué pasó? ¿Algo grave?

Se preocupó el negro. No le gustó nada la cara del tano.

- No… Bueno, sí. Pero no importa.

- ¿Cómo qué no importa, pelotudo? No hagás eso que parecés mi jermu. Pone cara de culo y dice que no le pasa nada. Le tengo que sacar la información jugando al verdadero o falso.

- Al verdadero o falso.

Apoyó Tuta. Que se acercaba al mostrador y le pedía al Goya un sándwich de milanesa.

- Ya te lo caliento.

Le dijo el Goya.

- Lo que pasa es que me crucé a la rubia. Claudia…

Empezó su relato el tano, mientras se sentaba en un cajón de Quilmes vacío.

- ¿Y?

- Que me la cruce. Vos sabés que hace meses que me la quiero encarar.

- Pará- interrumpió el negro-, ¿qué rubia?

- La rubia. La flaca alta que pasea el perro.

- ¿La del Chihuahua?

- La del Chihuahua

Aclaró el tano. Con pesar, como si hablase de la reciente muerte de un familiar cercano.

- ¿Y qué pasó?

Preguntó el negro.

- Nada…

- ¿Cómo nada, pelotudo? No empecés que te cago a trompadas.

- No. Nada. Que la veo venir… yo estaba en la terraza. Tomando un poquito de aire. Mirando para abajo, viste. Me sentía un poquito mal de la panza.

- ¿Ahora?

- Recién. Hará dos horas… Bueno. La veo venir. Por la calle de casa. Digo, ésta se va para la plaza. Venía con el perro ¿viste?

- Y la encaraste.

- La encaré. Pero no ahí… Pará. Agarro al Pitufo…

- ¡No me digas que el Pitufo se cogió al chihuahua!

Lo interrumpió el negro.

- No gil. El Pitufo es un santo. De la calle pero bueno. Es un caballero…

- Y bueno… Pero ¿qué pasó?

- Lo agarro al Pitufo… ¡Vamos para la calle le digo! Empezó a mover la colita. Contento... Continuar lectura aquí...

viernes 22 de julio de 2011

El amor (Una intervención equivocada)

Esa era la segunda vez que Mariana y Juan Cruz salían, o mejor dicho, era la segunda vez que se veían con intenciones más bien amorosas (o sexuales) porque en realidad no habían salido a ningún lado, sino que directamente habían entrado, al departamento que Juan Cruz ocupaba desde hacía años.

Treinta años él, y veintinueve ella. Juan Cruz era publicista, y ella se dedicaba al diseño gráfico, sin ser diseñadora con un título que lo avale.

Su forma de conocerse había sido tan común que casi no valía la pena contarla cuando, años después, ya juntos y casados, alguien les peguntaba cómo se habían conocido.

Lo que sí valía la pena contar- y es lo que pretende este relato- es la forma en que se enamoraron, puesto que es poco menos que increíble y asombrosa.

Habían quedado en juntarse en un bar, en un restaurante para comer algo, pero el tiempo les había jugado en contra- o a favor- con una tormenta inesperada y apocalíptica, bíblica, y decidieron comer en lo de Juan.

De modo que la media noche los encontró en el sofá del living, sin zapatos, a la luz de la chimenea, y bebiendo un vino tinto exquisito.

- Estuvimos bien en no ir a comer afuera. Con esta lluvia y con lo difícil que es encontrar lugar para estacionar, nos hubiésemos empapado.

- Sí, la verdad que sí. –Respondió Mariana- siempre es complicado encontrar lugar por esa zona.

- Cierto, a veces, la verdad que es mejor tomar un taxi.

- Muy cierto.

- Pero bueno, ya estamos acá, a salvo del tránsito…

Hasta el momento no se habían tocado; es decir, sí se habían tocado- se habían rosado, se habían saludado- pero jamás habían mantenido contacto físico como se supone mantendrían un hombre y una mujer una noche de tormenta, en un sofá mullido y a la luz de la chimenea. Por eso, Juan Cruz, al decir lo que dijo, apoyó su mano sobre la pierna de Mariana, que no la corrió, y que reconoció el gesto como un coqueteo en el que estaba dispuesta a entrar.

- Es una noche hermosa.

Aportó Mariana al juego, sabiendo que con sus palabras (palabras elegidas con cuidado y precisión de novelista) condimentaba con algo de romanticismo y sensualidad la mesa de las incitaciones.

Juan Cruz, sabiendo lo que proponía Mariana, pero no entendiendo si lo de “noche hermosa” lo decía por la noche en sí, y sus inclemencias climáticas, o por la velada que estaban pasando, agregó la frase perfecta pero más trillada desde que alguien inventó el amor, y los encuentros amorosos son el protocolo anterior al sexo que los animales no bípedos hubiesen tenido sin cuestionarse:

- Hay una luna que parece de cuento.

Mariana lo miró a los ojos, reconoció en él al marido/padre/compañero/amigo/amante que siempre había buscado, y acercó su boca para besarlo. Pero antes de que pudieran juntar sus labios, el timbre del departamento sonó despertándolos del ensueño.

- ¿Esperabas a alguien?

Preguntó Mariana.

- No. No. Para nada… Debe ser algún vecino que viene a quejarse por el volumen de la música.

Juan Cruz se puso de pie y se acercó a la puerta, para ver quién era, a través de la mirilla.

- Pero si está bajita.

- Sí, pero viste cómo es la gente… La gente se molesta por todo...

- Sí, eso es verdad.

Juan miró por la mirilla, y vio algo que en principio no entendió. Se veían unas plumas blancas, que chocaban contra el lente de la mirilla, y una cabellera escasa, de pelos rubios, que se mezclaba con las plumas. Luego esa cabellera y esas plumas se alejaron de la mirilla, y Juan Cruz vio lo que parecía- o era- un hombre vestido de ángel, con una especie de pañal, una musculosa blanca, y unas alas bastantes reales que le salían de la espalda. Traía también un bolso.

- Es un tipo vestido de ángel.

Le dijo a Mariana, tan sorprendido como ella al escuchar lo que él dijo.

- ¿Cómo?

- Que es un tipo vestido de ángel- Le dijo a Mariana, y luego le preguntó al visitante- ¿Quién es?

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lunes 4 de julio de 2011

Piropo que nunca digas

El plan de Martín era el siguiente: terminar de jugar al metegól, destapar una cerveza, y quedarse sentado en la puerta de aquel maxikiosco en el que se sentaba cada tarde, y cada noche, con sus amigos. Desde que tenían quince años.

El partido, sin molinetes ni goles de arqueros, había salido cinco a cuatro a favor suyo y de Carlitos, su imbatible compañero.

Estaban excitados. Martín y Carlos, porque habían salido victoriosos, y Lucho y Pablo, porque se contagiaban. Porque festejaban seguir teniendo los mismos amigos, los mismos partidos, las mismas cargadas, y las mismas cervezas del pico, que tenían hacía tanto. Pese a que ya, rondaban los veintitantos. Casi treinta.

Toda la excitación y algarabía de ese ritual vespertino, aumentaba cada vez que veían pasar una mina por la puerta del kiosco. Siempre les decían algo, las invitaban a sumarse, aunque nunca, ninguna, aceptó el convite.

A Marcela la vieron venir a media cuadra, allá doblando la esquina, por la puerta de la ferretería.

Nunca la habían visto por la cuadra. Ni ellos, ni los muchachos de cada negocio que llenaba la calle.

Nadie le dijo nada. Nadie tuvo coraje. Quien sí le dijo, tomando valor y creyéndose un héroe ante sus amigos, fue Martín, que no sospechaba ni un poco lo mucho que ese piropo habría de cambiarle la vida...

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jueves 16 de junio de 2011

Nota aparecida en la Agenda Cultural del diario La Razón apropósito de la incorporación del Stand Up al festival Cuidad Emergente


Esta es la nota que nos realizaron para la Agenda Cultural del Gobierno de la Ciudad, y el diario La Razón, apropósito de la incorporación del género Stand Up en el festival Ciudad Emergente. Aparecen en esta entrevista los comediantes Andrés Ini, Luciano Mellera, Luciana Faistman, Shira Denise, y quien les habla; Santiago Cánepa.





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miércoles 25 de mayo de 2011

Colombiana (Cuento- primera parte)


1

Lo primero que me pregunté cuando acabé de leer La Odisea, de Homero, es por qué Penélope no lo cagó a pedos a Ulises por volver después de veinte años: ¿Por qué Laura me regañaba si yo llegaba dos horas tarde? ¿Por qué Ulises era perdonado si ni siquiera había mandado un mensaje de texto? Yo llegaba apenas dos horas tarde, mandaba un mensaje de texto, y sin embargo, Laura me esperaba con la misma cara de demonio con que me esperaba mi madre cuando yo me desviaba del camino a casa, al volver del colegio. No lo entendía.

Claramente, llegar dos horas tarde, era, como en la Odisea, mi descenso al Hades, mi descenso al propio infierno; y Laura, al igual que en el poema, materializaba la imagen de mi madre que se había suicidado por esperarme. En caso de que yo fuese Ulises, desde luego.

Pero yo no era Ulises, ciertamente, y en la vida real mi madre no solo no se había suicidado, sino que hacía rato había dejado de cagarme a pedos. La que ahora si me cagaba a pedos, y en lugar de querer suicidarse, quería matarme, era Laura: pues, desde hacía algunos meses, tras encontrarme en el celular unos mensajes de texto un tanto dudosos, se había hecho a la idea de que yo le era infiel. Por eso, que yo llegase tarde, provocaba en ella tanta ira.

Era verdad, yo le era infiel, y por eso me sentía terriblemente culpable: Si el mundo era horrible, yo había nacido para hacerlo aun más pavoroso. Yo no merecía estar con Laura, no merecía estar con nadie; ¿Por qué entonces Laura me elegía y seguía apostando a nosotros? ¿Por qué yo nunca había aprendido a vivir solo? ¿Era posible vivir sin pareja? Todo eso yo no lo sabía, pero tampoco quería saberlo. No concebía la idea de estar solo, y el temor a que Laura un día despertase, y descubriese que yo era un ser humano despreciable, me inundaba y estremecía desde adentro como si fuese un maremoto contenido: Laura no se merecía ser engañada, pero yo no podía dejar de hacerlo... Continuar lectura aquí...

jueves 19 de mayo de 2011

Ellas siempre tienen la razón (Una verdad)


Eugenio sospechaba que su mujer lo engañaba con otro hombre. Esto no era una sospecha infundada. Era casi una certeza, consecuencia de signos, señales, guiños, que él creía haber visto en su esposa.

Bueno, tampoco era una certeza, pero sí era el móvil suficiente como para faltar a su trabajo y tomarse el día para seguirla.

Así fue, fingió salir de casa para el trabajo, se sentó en el bar de enfrente, y desde la ventana pegada a su mesa, fijó la vista en su casa, y no la quitó hasta que su esposa salió por ella.

Su esposa salió vestida como para ir al gimnasio; calzas, zapatillas deportivas, una camperita muy sencilla, y un bolso y una botella de agua en las manos.

Cuando él la vio salir, le hizo una seña al mozo de que dejaba la plata en la mesa, y salió casi corriendo a la calle.

Tomo la precaución de no acercarse a ella a no más de veinte, treinta metro. No quería correr el riesgo de que su esposa sintiera que la estaban siguiendo, y al voltear lo encontrase a él en esa situación tan patética.

¿Quién era el que estaba en una situación patética? ¿El o ella? ¿Era correcto seguir a su esposa como si fuese un delincuente al que están investigando? ¿Estaba haciendo lo correcto? Quizás era mejor no destapar la hoya, y no encontrarse con la verdad, y seguir viviendo como hasta ahora.

Todo eso lo pensó Eugenio mientras seguía a su esposa. Dudó de lo que estaba haciendo. Dudó de él mismo. Se sintió como una basura al no poder confiar en su amada, la madre de sus hijos. Pero en ningún momento, cedió su paso para dejar de espiarla. Algo lo impulsaba... Continuar lectura aquí...

lunes 31 de enero de 2011

Soy alérgico a la vida (Cuento completo)

Soy alérgico a la vida. Estoy en condiciones de afirmar que soy alérgico a la vida. Es decir; no soy alérgico a la vida en sí, sino, que soy alérgico a todas esas cosas que se supone representan la vida: el pelo de los gatos, o los perros, por ejemplo, me atacan de asma, de picazón general en todo el cuerpo, y me significan un resfrío tan grande que podría incluirse dentro de los records Guines por la cantidad de estornudos que puedo padecer en un minuto.
Las flores, sin ir más lejos, también me hacen mal. Y no solo las flores; los árboles, las plantas, y todo ser vivo que al llegar la primavera se le antoje largar por el aire los efluvios de su acto reproductivo. Pues, es cuestión de caminar por una calle con árboles un día de primavera, para acabar con el mismo asma, la misma picazón y la misma cantidad exagerada de estornudos que padecería si me quedara encerrado en un ascensor diminuto con ciento cincuenta perros y seiscientos gatos. ¿Por qué las plantas nos someten a todos a respirar los efluvios de su acto reproductivo? ¿Por qué Dios no consultó esto conmigo antes de traerme al mundo? ¿Por qué? Si nosotros, a excepción de los suertudos que pueden participar de una orgía, no molestamos a más de una persona (a los sumo dos) con el polen que derramamos en cada evento amoroso. Eso alguien tiene que considerarlo... Continuar lectura aquí

jueves 13 de enero de 2011

La creación del mundo (Un sueño)


En la biblia, dentro del génesis, cuando se describe La creación, hay pasaje que dice así: “Dios dijo: Reúnanse en un solo lugar las aguas inferiores y aparezca lo seco; y así fue. Dios llamó a lo seco tierra, y a la masa de agua llamó mares. Vio Dios que esto estaba bien.”
Vio Dios que esto estaba bien y lo dejó, pienso yo. Fue prueba y error, porque ¿cómo sabía, a caso, que estaba haciendo lo correcto? ¿De dónde sacó el modelo? ¿De alguna revista de decoración de jardines? ¿Hizo un curso en el Botánico?
Se me ocurre que si Dios vio que eso estaba bien, y así lo dejó, es porque en verdad no sabía muy bien lo que estaba haciendo ¿Necesitó ayuda de alguien? Es como contratar a un arquitecto para que te construya la casa y éste, en lugar de hacer planos y buenos cimientos, tire a la marchanta unos cuantos ladrillos, varias cucharadas de cemento, arena y cal, un par de fierros, y así lo deje, con el solo parámetro de creer que lo que hizo está bien porque simplemente le pareció que estaba bien: ¡Es tilinguería, soberbia, falta de responsabilidad! Porque el arquitecto sabe lo que está haciendo porque estudió para eso ¡Pero Dios no! No hay pruebas ni certificados de ningún tipo de estudios.
Además, quien haya leído la biblia, habrá notado que la frase: “Vio Dios que esto estaba bien”, se repite en varios párrafos del génesis. Eso, apoya mi teoría de que en realidad no sabía muy bien lo que estaba haciendo, y por eso el mundo es como es; lleno de miserias e injusticias.
Por otro lado, en lo que se refiere a La creación del hombre, dentro del mismo génesis, hay otra frase que llamó mi atención y que dice lo siguiente:
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