Creo que llegué a casa dormido y mamá me cargaba como podía. Me pareció que le costaba levantarme. O arrastrarme. Sentí que como pudo me arrojó en la cama.
Me dolían un poco la panza y la cabeza, pero me reconfortó hundirme en mi colchón, sentir la suavidad de mis frazadas, lo esponjoso de mi almohada. Ese olor a hogar y a ropa limpia que todo tenía.
Con mis manos acaricié el cobertor y suspiré de felicidad.
De pronto sentí que mamá tironeaba de mis pies para quitarme las zapatillas. Hacía fuerza, le costaba sacarlas.
Me gustó tener los ojos cerrados e imaginarla luchando contra los cordones, contra mis medias que se enganchaban en vaya a saber qué.
Luego escuché el estruendo que hicieron mis zapatillas al golpear contra el suelo del cuarto. Sonreí. El suelo estaba ahí. Ese era mi cuarto. Ese era mi hogar. Era mi felicidad. Mamá estaba allí para cuidarme y ya nada malo podría sucederme.
De inmediato, comencé a sentir que me desabrochaba el pantalón y que intentaba quitármelo. Para colaborar un poco, despegué mis nalgas y sentí como pasaban las costuras raspando un poco mi piel, enganchándose en mi calzoncillo. Por suerte, mamá estaba ahí para soltarlas, para que no me rasparan.
Se ve que estaba apurada, porque no escuché que doblara el pantalón y lo guardaba en mi cajonera de Batman. Sino que sentí que lo arrojaba al piso. Y fue otra vez comprobar que el piso estaba ahí. Que el cuarto estaba ahí. Y que yo estaba en mi cuarto con mamá.
Por último sentí que mamá levantaba la sábana y las frazadas, y que como podía me metía adentro y me tapaba.
Las sábanas estaban frías pero eso era lindo. Era estar en casa. Por fin descansar.
Suspiré y sentí amor. Un regocijo en el pecho. Ganas de sonreír.
- Gracias mamá.
Le dije sin abrir los ojos.
- ¡Qué mamá, borracho inmundo, soy tu mujer!
Abrí los ojos asustado y la vi a Lorena, que con cara de enojada agregaba:
- ¡No te dejo tomar nuca más! ¡Inmaduro!




